MANIFIESTO.


Así comenzaba el singular día del Dr. Carrera; mientras después de bañarse se preparaba con sus calcetines de algodón y traje de poliéster para hacer aquella travesía por aires del caribe para llegar a Italia y representar a México en la décima Organización Mundial de Médicos, en la cual — se le había informado por email— formaba parte del comité de honor  a causa de su laboriosa investigación en su especialidad en embriología, lleva haciendo muestreos experimentales embriológicos desde 2010, y hasta éste año por fin tendría su recompensa.


Alfredo Carrera, llevaba años intentando sobresalir en el ámbito de la medicina y por lo tanto, se había atrevido a estudiar más de dos maestrías  y especializarse en la materia de fecundación y desarrollo de los embriones. El Dr. Carrera, y sus complejos de doctor frustrado en una arrogancia marital y una depresión a causa de infertilidad por culpa de Martina, su prometida, lo llevaban siempre a concentrarse arduamente en su trabajo y dejar a un lado todo aquello que le estorbara, discriminando así la ayuda de los demás en su ámbito laboral e imaginando la enemistad de varias personas quienes tiempo atrás ya sufrían desprecio por culpa de Alfredo, sin deberla ni temerla.

El Dr. Alfredo Carrera terminó de cambiarse, se despidió de Martina con un beso en la mejilla para no despertarla y bajó al comedor por su desayuno servido Tomó solo el café —pinche Socorro, cocina horrible, ni siquiera puede hacerme un buen café, criolla inútil— comentó para consigo y se dirigió al coche que lo llevaría al aeropuerto dos horas antes de que su vuelo partiera a su destino.

Si bien Alfredo (como lo conocían sus cercanos) tenía una reputación muy mala en su vida profesional, todos reconocían que solo él podía hacer las cosas como solo él sabía hacerlas, era inigualable su conocimiento, y a pesar de sus 45 años, el Dr. Carrera visualizaba aproximadamente 58 años en su físico, dándole un aspecto de hombre mayor y maduro, pero con comportamientos tan adolescentes e inestables.

Cuando llegó a Italia, lo primero que hizo fue hacer check-in en el Portrait Firenze. lugar en donde seguramente podría conectar prostitutas y un poco de ácidos, como era su costumbre. Después de dejar las maletas y preparar su discurso para la gran noche del día siguiente, Carrera salió del hotel para llevar a cabo su magnífico plan: conseguir un poco de libertinaje y diversión.



Sin saber su rumbo, caminó hacia las calles más perturbadoras de Florencia, entrando así a la zona de prostíbulos en donde le llamó la atención una entrada con escalones hacia un sótano con un letrero de luces que decía “Landericca”; Carrera se animó y sin dudarlo entró al primer impulso.

Pasaron las horas y Carrera seguía consumiendo alcohol y escupiendo en la alfombra del lugar, dedeando a unas chicas italianas que le robaban el dinero — sin que él lo supiera ya debía la mitad de su presupuesto de viaje — al mismo tiempo, había probado en menos de 3 horas éxtasis, ácidos y cocaína, provocándose así una euforia psicodélica que lo transformó en la aberración total del lugar, demasiado burdo para su nivel socioeconómico; pero realista en aquella depresión comunitaria.

Cuando la fiesta estaba en su mejor auge y todas las putas se le acercaban para tocarlo y robarle cada vez un poco más de lana, llegó una chica tímida que se sentó a lado de él y comenzó a acariciarle la entrepierna; Carrera no pudo disimular la erección y la chica — Llamada Alessandra, quien después se conoció el nombre por medio de la prensa local — le propuso pasar a un lugar más íntimo; por lo que Carrera aceptó inmediatamente y se dirigieron hacia un cuarto oscuro del lugar, en donde la chica se quitó la chaqueta y, como si fuera un perro, Carrera se abalanzó hacia ella besándole el cuello y apachurrando sus senos de manera inconsciente, la chica comenzó a entender el masoquismo evolutivo que sufría su acompañante y solo se dejó llevar, hasta que comprendió que más que un fetiche, Carrera estaba sufriendo una crisis emocional que forzaba a la chica a mantenerse boca abajo por la fuerza que él presionaba en ella.

Alessandra intentó zafarse, queriendo escapar con tal fuerza que Carrera no notó lo que le había causado en la muñeca izquierda; una separación de piel por extremo movimiento y un rasguño en el hombro —o una mordida quizás— que desangraba escurriendo por la espalda de Alessandra, dejándola debilitada y sin manera de defenderse contra aquel animal que la aprensaba, la mordía y atacaba en el transcurso de su desgarre; Carrera en su euforia comenzó a desnudarse y a arrancarle la ropa tan escasa que tenía la prostituta; golpeándole la espalda para que no se moviera y jalando del cabello para poder dominarle.

Le abrió las piernas con tanta fuerza como si fuese un gato hidráulico. La sometía de tal manera en que Alessandra se acalambraba y gritaba al mismo tiempo. Le comenzó a besar la ingle hasta llegar al monte de venus; bajando y metiendo la lengua en la vulva junto con dos dedos en el recto de la Italiana, masticando así los labios internos de ella hasta conectarse con el clítoris y arrancárselo a una sola mordida. Como si masticara goma de mascar,  disfrutaba su evento principal, tragando después la parte femenina. Para que nadie escuchara, Carrera comenzó a quitarse los calcetines para después ponérselos en la boca de la chica y así evitar el manifiesto de impotencia y frustración que vivía la puta.

La mordió por segunda ocasión, esta vez en la parte izquierda del cuello hasta arrancarle un trozo de carne que tragó con excitación, con esta mordida estuvo a punto de venirse; lamiendo cada coyuntura que formaba un pozo de sangre emanado de la vena principal. Buscó en su bolsillo del pantalón un condón y sólo pudo encontrar un abrelatas de aluminio de su cerveza última, y al notar que Alessandra seguía queriendo escapar, volteó a la prostituta de manera en que su muñeca se rompió por motivos naturales, le sacó los calcetines de la boca, incrustando su miembro para seguir manteniendo el silencio y, con el abrelatas de aluminio, comenzó a cortarle poco a poco partes de la cara; destrozándole así cada poro de la piel, cortó como acuñando una flor de loto. Fingiendo tener un estetoscopio en la mano, le abrió el pecho con ayuda del trozo de aluminio mientras se masturbaba con la boca de la pobre chica; utilizando la sangre como lubricante natural, la asfixió hasta dejarla inconsciente. Sin alma.

El Dr. Carrera se levantó; encendió un cigarro mientras se acomodaba sus prendas. Escupió el cuerpo inmune que yacía en el piso; se limpió el polvo que quedaba en sus rodillas y salió de ése lugar después de pagar más de la cuenta. Caminó deambulando en las calles hasta llegar al hotel y subir a su habitación con la ayuda del elevador; se quitó las prendas que traía puestas, durmió y olvidó todo.


El Dr. Carrera está a unas escazas horas de recibir su primer homenaje y premiación por ser de los mejores médicos de prestigio en México, o bueno, eso es lo que la gente sabe de Alfredo Carrera. 

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