Sin buenos días.
Hoy es el segundo día que me
despierto sin ganas de mandarle el mensaje de “Buenos Días” a Regina, bueno a
mi novia, pero ya no tengo ganas ni siquiera de llamarle “novia”. Ya me aburrió
tener que ser cariñoso todo éste tiempo y tener que estar sintiendo que la
quiero, aunque no la quiero. Regina y yo llevamos apenas 1 año de novios.
Yo sé
que para algunas personas un año es poco tiempo aún, pero para una persona
inestable como yo, se me ha hecho tedioso desde el día que me comenzó a decir
“te amo”. Regina es una niña alta, de
cabello ondulado y largo, color castaño, de tez apiñonada y acostumbrada al
labial carmín, de enormes ojos y una voz tan hermosa que a veces me desespera
cuando estamos hablando por teléfono. Regina es el amor de mi vida, bueno fue el
amor de mi vida durante todo un año y la verdad no tengo por qué quejarme. Ella
siempre ha estado ahí, hasta cuando no la necesito.
Es sábado y son las seis de la
mañana, tomo mi carpeta con archivos por entregar para la nómina y me dirijo al
trabajo. Camino hacia la parada de la ruta y espero 10 minutos, bajo mi saco
busco los audífonos. Los desenredo. Escondo mi cartera para prevenir cualquier
asalto y le pongo play a la lista de reproducción con canciones del fabuloso
rock en español.
Camino al trabajo, sólo me hago
15 minutos en transporte, es por eso que esos 15 minutos los dedico a enviarle el
mensaje de buenos días a Regina, algún poema o alguna estrofa de canción. Lo de
siempre, hacerlo diario una y otra vez. Menos hoy. Hoy decido buscar las faltas
de ortografía en las anotaciones que la gente hace en sus agendas para
organizar su día. Al bajar de la ruta para transbordar a un taxi que me lleva
directo al trabajo, no alcanzo a esquivar a una chica que llevaba mucha prisa y
terminamos frente a frente. Con el cabello recogido con una banda para el
cabello, unos shorts rotos, sus vans viejos y su camisa a cuadros, me miró a
los ojos que sentí que me robaba los suspiros guardados en mi corazón. No era
Regina, pero la chica con la que choqué
tenía la mirada del amor de mi vida. Ella siguió su camino con la mirada
inquieta de un “Buenos días”. Yo subí al taxi con la ilusión de un poema para
un destinatario desconocido. En mi mente sabía que cometía un error al subirme
al taxi. Al primer rojo del semáforo me decido por bajar del transporte y
correr hacía ningún destino por poder encontrarla.
Probablemente había tenido la
sensación de oler los colores, tal vez no sea nada; pero significa todo. La
manera en que ella me miró a los ojos tan suspicaz, tan amable; me hizo
entender que Regina no sólo había pasado al olvido, sino que nunca había estado
en un presente. La manera en que las personas intentan no tener errores y al
final terminan arruinando todo, es el miedo que sentí al dejarla correr con la
ilusión de un mensaje. O tal vez no. Tal vez fue mi miedo a quedarme con
alguien que me mantiene vacíamente lleno de tantos “te amo” que ni siquiera son
sinceros en mi boca. Verás, corrí sin saber hacía donde había ido, o donde
trabajaba, o donde vivía. Corrí tanto que sentí que flotaba, descubriendo así
que el miedo corre al amor y lo llena de vacío, pero que si despiertas sin
ganas de mandarle un mensaje de “Buenos días” al amor de tu vida, estarás vacío
por un miedo al amor de otra persona que te puede estar esperando en el vagón
del tren o en la banca de un jardín. A Regina le mandaría un mensaje pidiéndole
perdón, pero amar no es pecado.
No sé qué esperas, pero yo estoy
corriendo al miedo de encontrar el amor de mi vida.
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