Suspiros arrojados al silencio

Quien haya sido fuego conoce lo interno,
Las membranas desmembradas que se asoman en incendio,
Las rótulas castas de un insomnio pasional,
La piel carcomida en deseos por un placer terrenal,
Inconmensurable, impensable, casi prohibido.

Encendiéndose con sólo una chispa, un aliento, un respiro,
Y clamando el amor quemado, mantenido y  sollozado,
Esperando la respuesta de un laúd callado,
Las notas infernales de un alma sin hablar.

Quien haya sido Agua conoce la inundación de las penas,
La esperanza dorada de un futuro incierto,
El vaivén taciturno de una marea alta, impenetrable,
Y el sotavento perenne de una batalla de glorias y penas.

Acurrucadas en una piel extraña al tacto y regocijada en ideas,
Se encontrarían con las gotas vacías de un llanto seco,
De una pelea inmensa, de una barranca de recuerdos no acordados,
Y las promesas escurridas en un quizás, una pena o un alma perdida.

Quien haya sido Tierra conoce la firmeza de los actos,
Lo impredecible de las emociones terrenales,
Ocultadas en deseos carnales, el cultivo de esperanzas fallidas,
Un campo extenso de ideas no admitidas, no pensadas,
 transpirenaicas.

El removimiento de sentimientos encontrados,
Un árbol de fruta prohibida, una manzana ya mordida,
El resguardo de un mañana incierto, un pasado inolvidable,
Y la necesidad de apechugar el pecho en un aliento.

Quien haya sido aire conoce el ir y venir de las ideas,
El remolino que se cruza en la mirada inocente, impaciente,
Recaudando entre los vientos de cualquier ciudad y sentimientos,
Un manjar de suspiros arrojados al silencio.

Pero quien haya sido alma, quien haya sido alma
No necesita ser tierra, porque ya se nutre,
No necesita ser fuego, porque ya se enciende,
No necesita ser aire, porque ya divaga,
Y mucho menos, no necesita ser agua,

porque vive esperando la calma. 

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