El olor de las flores

Apenas daban las diez cuando alcancé a subir el cerro que lleva a la casa de mi tía Eulalia y da entrada al cañón de lobos. 

Siempre pensé que, si uno dejaba el cuerpo quieto y sólo olía, el camino te conducía solo: primero a cazahuate recién abierto, luego a ceiba y, por último, a ese perfume apagado de los amates pegados al cañón de lobos. Desde que tengo memoria, me gusta visitarla porque me encanta descubrir la naturaleza mientras voy sintiendo la nariz cada vez más fría. 

La casa de mi tía Eulalia no era una casa del todo. Tabicón sin enjarre, puertas que eran marco, ventanas sin cristal. Y, sin embargo, todo estaba impecable. El piso de tierra, siempre húmedo; la sombra de los árboles limpia; la leña acomodada en orden. Mi tía decía que regar no era regar: era darle de beber al alma de la casa.

Mis padres hicieron una parada rápida pues su camino era largo: agua, saludo, encargo y adiós. Se marcharon sin ruido, no me di cuenta cuando se habían ido.

Tía Eulalia me abrazó con la calma de quien no tiene prisa desde hace años. Me invitó a pasar. La entrada olía a flores, a tierra mojada y a comida. En el comal tronaban unos jitomates; el molcajete tenía color de chile seco; la jarra de agua de jamaica sudaba como si fuera otro ser vivo en esta casa.

—Siéntate, —dijo, y sus manos siguieron el oficio—. Hoy no hay viento. Es buen día para regar.

La miré con estos ojos llenos de cariño y curiosidad. Tía Eulalia tenía los ojos grandes. En mi familia siempre se habló de las mujeres de ojos grandes con una clase de respeto que no requiere explicación. “Ven más”, decía mi padre. No “ven mejor”, sino “más”.

Miré en silencio un rato el comal mientras mi tía sazonaba sin mirar la olla; como si supiera el punto por el sonido. El jardín, desde el corredor, parecía un telar de cazahuates y jacarandas. De la casa al límite de cerco de palos había un pequeño pasillo de plantas: bugambilias frondosas por el sol, magueyes cortos, dos rosales con más rosas que espinas. Entre todo, un orden que no era simetría, más bien auténtico. 

Al terminar de comer, me ganó la costumbre de deambular. Tía Eulalia no dijo nada. El jardín tenía ese olor de las cosas cuidadas a mano: humedad reciente, plantas regadas, tierra que agradece. Y sin embargo, a medida que caminaba hacia el fondo del cañón de lobos, el olor del ambiente empezó a cambiar. Muy leve al principio, como un recuerdo mal guardado en la nariz. Luego más claro, más directo. un olor disruptivo a la dulzura que las flores emanaban.

Me detuve frente al cerco de palos que marcaba el límite entre la casa y la arboleda. Uno de esos cercos antiguos: troncos delgados, amarrados con alambre de púas, más para persuadir que para detener. Del otro lado, el camino se volvía monte serio. 

No sé por qué lo hice. Tomé aire, empujé un palo flojo, crucé. Di el primer paso y un pie siguió a otro, más por instinto que por valiente. El suelo cambió bajo mis botas. Ya no era tierra regada: era una alfombra espesa, viscosa en algunas partes, con esa maleza enmarañada que no cede al primer paso. Me agaché y toqué: musgo. Arranqué un pedazo pequeño y el olor estalló. Ácido, denso, asqueroso. Logré cerrar la boca a tiempo para no tragarlo. En mis botas hay hojas viejas pegadas a otras hojas; ramas que eran más que ramas; y, en el silencio, un rumor sordo, como si debajo algo siguiera mis pisadas.

Regresé a la casa con el corazón acelerado, casi atropellado. Me senté en la silla de palma junto al comal. Tía Eulalia apenas me regaló una mirada con la orilla de los ojos.

—Tía… del otro lado huele… raro.

No dijo nada un rato. Siguió meneando con la cuchara el agua de jamaica. Me tendió un plato llano, una tortilla con sal y un vaso lleno de agua fresca.

—En Zaragoza nadie le teme a lo que huele, —dijo por fin—. Le temen a lo que no huele. A lo que finge no oler para no existir.

Guardé silencio porque no se come con la boca llena. La casa que con la luz del sol se mira digna en su pobreza, al caer la noche empezaba a enseñar lugares por donde se le filtra el tiempo: manchas de humedad en el tabicón, hierba y enredaderas en las esquinas que asomaban flores amarillas pequeñas y tristes. Tía Eulalia percibió mi mirada.

—No mires tan de cerca el tabique —dijo—. A veces las paredes guardan mejor los secretos que uno.

Sonrió. No era broma.

—No debiste cruzar el cerco sin avisar —agregó—. Tu madre te enseñó a ser curioso, no terco. ¿No te explicó que hay cosas que es mejor no descubrir?

—Seguí el olor de las flores.

—Los olores siempre saben por dónde llevarlo a uno. Nomás que a veces lo llevan donde no conviene.

Bebí otro trago de jamaica. Miré a mi tía en silencio, hasta que ella, sin ninguna prisa, se limpió las manos en el mandil, apagó el comal y se sentó frente a mí. Sus ojos grandes parecían más grandes al quedarse quietos.

—¿Quieres escuchar una historia?

—Cuénteme.

— He traído el alma con goteras desde hace años. Desperté bañada en lágrimas, pensé que llovía. 

No habló del hombre que la dejó. No hizo falta. En mi familia esa historia se dice con dos palabras: “hubo uno”. Una vez, hace años, oí a mi padre repetirlo con la naturalidad con que se habla de la temporada de lluvias: hubo uno. Luego ya no. Lo que sí dijo mi tía Eulalia fue otra cosa:

—La primera vez que escuché los llantos salían del cañón de lobos. No era graznido de ave ni ladrido de perro. Era un lamento desencarnado. Como de criatura que todavía no aprende a ser criatura. Pensé "Eulalia tú exageras". Pero al amanecer mi casa era un desorden que ni con las peores visitas. La leña mal acomodada. La sal tirada en la mesa. Ollas tiradas en el piso.

Mi tía Eulalia hablaba despacio, sin adornos. Uno entiende, al oírla, que el mundo adquiere su forma por repetición. Lo que se repite se vuelve verdad. Y ese desorden se repitió.

—El miedo se aguanta cerrando los ojos —dijo— Pero estas visitas aprendieron a salir a la hora en que más me convenía dormir.

La miré a los ojos y descubrí que en ellos ya no cabían más secretos. A veces el silencio es una forma de contarlo todo. Ella continúa:

—Una noche me quedé despierta con el cuchillo sobre la mesa. La luna alumbraba como si le emocionara ser testigo. No llegó nadie. Llegaron los ruidos. Primero el llanto, luego el arrastre, después ese susurro de ramas que no son ramas. Y cuando apareció ya lo estaba esperando.

Se quedó callada en ese punto. No buscó mi cara. Miró sus manos. 

—No fue difícil —agregó—. Lo difícil vino después. ¿Dónde poner lo que no se quiere? Fue eso, ¿dónde? Y como en Zaragoza nunca hace frío, aquello no aguanta mucho tiempo donde se le deje. Probé en la barranca. Probé en una poza vieja cercana a La Joya. Probé todo pero nada funcionó.

Cada noche, aquellos lamentos regresaban a tocar las puertas que no existían de mi casa desolada.

Pero hay plantas que tienen oficio y plantas que tienen hambre. El amate, si se le deja, adopta lo que cae en su sombra. Envuelve, abraza, enraiza. La naturaleza siempre hace el resto.

—Esa primera vez, el olor tardó semanas en perderse —dijo—. Se pegó al pelo, a las uñas, a la tela de la blusa, al cántaro del agua. Pero cuando el amate empezó a echar hojas nuevas donde yo había atado aquello, supe que ya no iba a regresar a la cocina. 

Me quedé atento escuchando todo lo que tía Eulalia tenía por confesar. Ese olor agrio que se colaba desde el cerco no era nuevo: era la memoria de muchas noches.

Una sombra embistió la luz del patio y acaparó todos los ruidos. Interrumpí la conversación y entonces salí de nuevo. Crucé el corredor y me dirigí al cerco de palos—. El jardín estaba en una calma nocturna. El cerco, igual que antes. Empujé el mismo palo flojo y entré, esta vez con los ojos despiertos del que ya sabe a qué viene.

El suelo cedía en ciertos puntos como si respirara. Piso una zona más húmeda y la bota se me humedece. Me inclino. Aparto la capa de musgo con las manos. Abajo hay algo que no es tierra ni raíz. Es carne vieja y huesos; fibras que ya no son del todo humanas ni del todo ramas. Los amates encontraron otras formas de seguir siendo amates. Donde mi mano tocaba, el amate respondía con una hebra nueva, como si agradeciera la visita. Los árboles me miraban como si fuera yo cómplice de lo cometido.

Sentí vértigo y no por la muerte. Sino porque en ese terreno la vida había encontrado una manera de sanar distinta. 

Escarbé un poco más. No necesitaba mucho para entender. Bajo el musgo logré ver brazos, manos, cuellos, costillas. Y entre sangre y lodo, raíces nuevas siguiendo el dibujo de los huesos, copiando su arquitectura. 

Regresé en silencio, corriendo, porque correr es un modo de gritar. Lavé mis manos en el tanque y volví al corredor, a la cocina, a la silla de palma. Tía Eulalia estaba lavando los trastes. Tenía la mirada perdida en el chorro. El agua hacía un sonido limpio al caer sobre el plato. La casa, como siempre, olía a flores.

—No debiste asomarte tanto —dijo, sin voltear.

—Ya me asomé.

Se secó las manos y al fin me miró. No había reproche. Tampoco consuelo. Había esa clase de reconocimiento que uno le da al que entiende sin arruinarlo todo con preguntas.

El sol salió despacio. En las paredes, las manchas parecieron atenuarse o afirmarse, no supe. La jarra perdió el sudor. Un pájaro minúsculo batió dos veces frente a la puerta, como dudando si entrar. No entró.

—Ya casi es hora de desayunar algo —dijo tía Eulalia—. No te imaginarás lo que es estar sola. Todavía tengo historias que contarte. ¿Tienes hambre?

No supe responder.  Afuera, el cañón de lobos respiró hondo.


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